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TRIBULACIONES DE UN JIENNENSE EN CÁDIZ.
by sergiojaenlara on Noviembre 17th, 2006
Este fin de semana, continuando mis experiencias en esta extraña y apasionante provincia, fuí invitado a un día de playa en compañía de unos amigos en El Palmar, al lado de la localidad de Conil de la Frontera. Debió ser muy grande la frontera pues muchos pueblos gozan de este apellido.
Ya comenzaron mis dificultades en el momento de alcanzar dicha cota, pues el gaditano, al contrario que el malagueño ya conocido y estudiado, no construye sus casas al lado de la costa sino que deja este privilegio a los pinos que la pueblan (aunque alguien está corrigiendo este ¨defecto¨ a base de cerillas). Heme aquí buscando árboles en lugar de gigantescos bloques, cosa que tras la extrañeza inicial me pareció digno de agradecer.
Al ver la playa no pude contener mi sorpresa porque estaba vacía, contrastando con las palabras que me guiaban por el móvil y que me avisaban de que la playa estaba ¨empetá¨. No sé que entienden estos gaditanos por una playa llena; pero yo allí no veía gente apenas y podías colocar tu toalla sin que el vecino tuviera que tragar tierra o sufrir un pisotón del cuarenta y cinco en la nalga. Tampoco ví sartenes ni ollas, plásticos apartamentos improvisados, ni el griterío habitual de patio de vecinos.
Pero a falta de lo habitual contemplé otras cosas que provocaron mi sorpresa.
Nada mas colocar mis pertenencias en aquella arena comprobé que el color carne es el que mas se llevaba este verano. No me refiero a un buen top less, que casi siempre se agradece; si bien en otros casos debería estar prohibido (propongo una censura estética en las playas) sino a un low less que practicaban algunos compañeros de sexo, y digo lo de compañeros porque las comparaciones son odiosas. Como dijo uno de mis acompañantes, - ¡eso lo hacen porque pueden!
Acomplejado por los regalos anatómicos que alguno se gastaba me fui al chiringuito en busca de refresco y la compañía de una bella camarera.
Si la playa era una caja de sorpresas, no lo era menos la caseta, al ir para allá vi dispuestos estantes donde los hippies vendían aquello que se suponen deben vender: collares, camisetas de transparencia probada, chanclas del dedo de duración limitada, cuero de olor perceptible, sujetadores de esparto,…
Pero no acababa ahí; un muchacho con el pelo con rastas, una especie de churros de sección cuadrangular y lavado deficiente; colocaba a una bella doncella bocabajo sobre la arena y acariciaba su cabeza con movimientos rítmicos en una sola dirección. Sin poder contener mi curiosidad pueblerina pregunté a una morena cercana que me obsequiaba con la visión de un escote abundante; - ¿eso que es lo que es?- eso es REIKI. Allí me quedé yo pensativo, reiki, me pone cuarto mitad de reiki; no tenía mas ánimo de hacer mas el ridículo y continué hacia mi ciudad dorada, que en este caso era de madera.
Ya podía saborear el sabor a cerveza fresca, casi congelada, conforme me acercaba a mi destino, cuando comprobé que la gente se agolpaba sobre la barra y vociferaba el nombre de extrañas bebidas (o creo yo que lo eran); no iba a ser tan facil mi misión.
Los camareros, despojados de la prenda superior, bailaban a la vez que servían las copas de múltiples colores. Las camareras, escogidas entre las mas bellas y las mas horteras, esquivaban con mas o menos gracia los envites de sus ardientes clientes. Un olor extraño pero agradable inundaba la escena, como de hojas ardiendo y lo colmaba todo de un contrapunto de tranquilidad. Pasada media hora me colé como pude por una rendija sin cuerpo y me encontré de frente con una enorme y bella mujer de color (de un color negro, negrísimo).
- ¡Una Cruzcampo por favor!- no entendí su sonrisa hasta bastante después. ¡Catástrofe! no conocía ninguna de aquellas cervezas que me enseñaba; ante mi desconcierto se ofreció a prepararme una bebida que me iba a gustar seguro. Aquello debía tener algo de bautizo espiritual porque la mitad del mejunje fue a parar a mi camiseta. Debía gustarme obligatoriamente pues aquello costaba como cuatro quintos con tapa incluida en un bar de mi pueblo. Me despedí de ella sonriéndole mientras ella apartó la mirada subitamente para contemplar un atardecer que ya sobrevenía.
De repente todo el mundo entró en una especie de trance; los camareros y camareras formaron una sola masa en la que no me hubiera importado estar embutido. Los hippies gritaban, bolas de fuego salían de la boca de uno de ellos, mientras el resto de visitantes se abrazaban, aplaudían y vociferaban. Una muchacha en mitad de todo aquella algarabía se dirigió a mi: -¡Illooooooooooooooooo! ¡dame un beso!- no tuve el mas mínimo inconveniente pues la muchacha lo merecía; descargué un sonoro beso en su morena mejilla; - ¿pero que haces?- no debió ser aquello lo que buscaba puesto que a renglón seguido castigó mi error con un morreo interminable (buena forma de castigar los errores), no dejando escapar la oportunidad no pude refrenar el estímulo de deslizar una de mis manos por su nalga, cosa que no debió importarle mucho y así continuamos en medio de la jauría que nos rodeaba y que se comportaba de igual manera.
En una importuna pausa insté a mi compañera a buscar un lugar mas recogido donde practicar las artes amatorias como deben practicarse, supuse que eso no dependía de si uno está en Jaén o en Cádiz. - ¡espera que le digo a mi novio que me voy!- el novio de dimensiones mas que considerables andaba imitándome unos metros mas allá con una señorita de aspecto escandinavo. Demasiado moderno aquello para mis costumbres, aproveché la ausencia de mi compañera de nombre desconocido para marchar. Desaproveché un buen momento, pero aquello era demasiado para mi.
Logrando escapar de aquella situación (si escapar era lo mejor) busqué al resto de mi comitiva.
Llegado esas horas de la noche, la mujer tiene frío; mientras yo todavía notaba los estragos de ocho horas de sol en mi espalda y la temperatura no bajaba de los treinta grados, las mujeres tenían frío. Esa fue la razón para abandonar aquel extraño lugar y por la que no tuve tiempo de arrepentirme de mi decisión anterior.
Después de una hora en una caravana por los caminos que me condujeron a aquella bendita playa, pillé camino a mi tierra todavía pensando en todos los sucesos acaecidos en tan corto periodo de tiempo. Pasé por un bar para beber aquella cerveza que parte de mis neuronas no habían olvidado. -¡Manolo ponme una Cruzcampo!- a lo que Manolo contestó unas espeluznantes palabras – no tengo, he traido una marca nueva – vencido y derrotado el ejército que comando, no paré de repetir un buen rato – Manolo ¡eres gilipollas!
GUARDARRAÍLES ASESINOS.
by sergiojaenlara on Noviembre 4th, 2006
Hartos están ya los moteros de que sus amigos y familiares se mueran en la carretera. Golpearse contra un guardarraíl, sin importar la fuerza del golpe, es sinónimo de amputación o muerte.
Otra muestra mas del tercermundismo en el que está sumido este país que dice aspirar a pertenecer a un futuro G10.
La segunda parte se la dedico a Juan Luis y a Isabel que protagonizaron este anuncio, en su nueva Harley Davidson.
